La vida pasa y un día ya no eres quien eras — por elección, por una crisis, por una pérdida que llegó sin avisar. Ahí el duelo es por ti. Por una versión de ti que ya no encaja, que quedó atrás, que tuviste que soltar para seguir.
Eso duele. Aunque el cambio sea bueno. Aunque la nueva versión sea más tuya que la anterior. Porque detrás de lo que fuiste había también cosas que querías — ilusiones, formas de verte, proyectos.
A veces solo sientes una nostalgia extraña, una tristeza sin motivo claro, algo que no termina de cerrarse. Y no siempre sabes por qué.
Hay que mirar atrás para cerrar bien las puertas antes de salir y entrar en otro lugar — porque sí, hay otros sitios que habitar. Despedirte de lo que fuiste ahí — de lo bueno y de lo malo. Aunque ya no lo seas, aunque no quieras volver — es una forma de honrar el camino. De reconocer que cada versión de ti mereció existir.
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