Hay un tipo de cansancio que no se va con dormir. Te levantas ya cargado. Terminas el día sin saber exactamente qué pasó pero sintiendo ese vacío.Sigues funcionando — respondes, organizas, apareces — pero algo por dentro se ha apagado un poco.
Eso es agotamiento emocional. Y es especialmente difícil de reconocer porque desde fuera todo parece estar bien. Incluso tú misma te dices que no tienes motivos para estar así. Que otros tienen problemas mayores. Que deberías poder con esto.
Sientes que no estás bien pero el día a día te requiere y sigues, porque no ha pasado nada especial que justifique un cambio. Y esa es precisamente la trampa: el agotamiento emocional no necesita un motivo extraordinario para existir.
El agotamiento emocional no aparece de golpe. Se construye despacio, capa a capa, cada vez que priorizas a todos menos a ti. Cada vez que tragas. Cada vez que dices que estás bien cuando no lo estás.
No es debilidad. Es el resultado de haber dado demasiado durante demasiado tiempo sin reponer.
El primer paso no es descansar — aunque el descanso ayuda. Es reconocer que lo que sientes tiene un nombre, que tiene sentido, y que no tienes que seguir ignorándolo hasta que el cuerpo lo diga por ti.
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