A veces el cambio llega con un acontecimiento claro — una pérdida, una separación, un trabajo que termina. Pero otras veces no hay nada concreto que señalar. Solo una sensación creciente de que algo no encaja. De que la vida que tienes ya no es la vida que quieres. O que tú ya no eres la misma persona que empezó a construirla.
Eso también es una crisis vital. Y es de las más difíciles de atravesar porque no tiene nombre oficial, no genera baja laboral y nadie la ve desde fuera.
Una crisis vital no significa que algo esté roto. Es parte natural de la vida y de su evolución — siempre lo ha sido. Pero hoy, cuando todo cambia a nuestro alrededor de forma vertiginosa, cuando el suelo conocido desaparece antes de que hayamos encontrado uno nuevo, estas crisis aparecen con más frecuencia y con menos referentes para transitarlas. No es que estemos más débiles. Es que el mundo se mueve más rápido que nuestra capacidad de adaptarnos.
No hace falta tenerlo resuelto. Hace falta poder sostener la incertidumbre sin huir de ella — y a veces, acompañamiento para no tener que hacerlo sola.
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