No todas las ansiedades llegan con alarma. Algunas se instalan despacio, sin avisar, y se quedan tan integradas en el día a día que dejan de parecer un síntoma y empiezan a parecer tu forma de ser.
Te despiertas ya cargada. Terminas el día sin saber exactamente qué pasó pero sintiéndote agotada. Estás pendiente de todo y de todos, anticipas problemas antes de que existan, y cuando por fin hay un momento de calma… no sabes qué hacer con él.
Eso también es ansiedad. Aunque no tengas taquicardias. Aunque puedas con todo. Aunque nadie lo note.
La ansiedad silenciosa es especialmente tramposa porque se disfraza de responsabilidad, de perfeccionismo, de “así soy yo”. Y como no tiene el aspecto dramático que imaginamos, tarda mucho en reconocerse — y más aún en pedirse ayuda.
El primer paso no es solucionar nada. Es simplemente nombrarlo: esto que siento tiene un nombre, tiene una lógica, y no tengo que seguir cargando con ello sola.
Reconocerlo no te hace más débil. Te hace más libre.
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