Hay un patrón curioso: nos cuidamos más cuando estamos en crisis que cuando estamos bien. Cuando algo duele, buscamos ayuda, prestamos atención, hacemos cambios. Pero cuando la vida se estabiliza, cuando todo parece funcionar, el autocuidado desaparece sin que nadie lo note.
Como si solo mereciéramos atención cuando estamos rotos.
En los momentos de calma aparente es exactamente cuando más fácil es abandonarse. No hay urgencia que justifique parar. No hay dolor que obligue a mirar. Y así, poco a poco, sin un momento concreto que señalar, dejamos de dormir bien, de movernos, de conectar con lo que nos nutre. Dejamos de preguntarnos cómo estamos. Dejamos de hacer justo eso que nos había ayudado, que nos había fortalecido, que nos había mantenido. Y caemos en el pozo de la inercia que nos deja en último lugar en nuestras propias prioridades.
El autocuidado no es un premio para cuando las cosas van mal. Es una práctica para cuando las cosas van bien — precisamente para que sigan yendo bien.
Cuidarte en la calma es la forma más inteligente de no tener que reconstruirte en la tormenta.
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