Hay una voz interna que nunca está del todo satisfecha. Que revisa lo que hiciste y encuentra lo que faltó. Que compara, que corrige, que recuerda todo lo que deberías haber hecho mejor. Y lo hace tan deprisa, tan automáticamente, que ya ni la escuchas. Solo sientes el resultado: esa sensación permanente de no ser suficiente. Esos momentos en los que te sientes mal y no sabes exactamente qué es — solo sabes que no estuviste a la altura, que te saliste de tus raíles. Y no te gusta sentirte así de imperfecto. Así de humano.
La autoexigencia es una de las cargas más invisibles porque socialmente está bien vista. Se llama responsabilidad, perfeccionismo, compromiso. Nadie te dice que pares — al contrario, a menudo te felicitan por ello.
El problema no es querer hacerlo bien. El problema es cuando hacerlo bien nunca es suficiente. Cuando el listón sube cada vez que lo alcanzas. Cuando el descanso se siente como pereza y el error se convierte en evidencia de que no vales.
Eso no es exigencia sana. Es agotamiento disfrazado de virtud.
Reconocerlo es el primer paso. No para bajar el listón, sino para preguntarte desde dónde lo pones — si desde el miedo o desde el deseo real de crecer.
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