Hay cosas que cargamos en soledad no porque no queramos contarlas, sino porque no sabemos cómo empezar. Ni qué decir exactamente. Ni si lo que sentimos merece ser dicho en voz alta.
Y mientras tanto, seguimos. Funcionales, presentes, respondiendo mensajes y cumpliendo con todo. Pero con algo dentro que no termina de tener sitio.
No es debilidad. Es que nadie nos enseñó a pedir espacio para lo que duele sin justificarlo, sin quitarle importancia, sin pedir perdón por tenerlo.
El silencio a veces es una elección. Pero cuando se vuelve crónico, cuando ya no es una pausa sino una costumbre, empieza a pesar más que aquello que callas.
Romperlo no requiere tenerlo todo claro. No hace falta un discurso ni el momento perfecto. A veces basta con decir: hay algo que me está pesando y todavía no sé bien qué es.
Eso también es empezar.
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